son
Tienen que haberse conocido en una noche de luna. No hay luz como esa para que brote un misterio.
No se separan desde entonces: como todas las uniones inexplicables, tienen el signo de la eternidad.
Son diferentes en muchos sentidos: la lágrima se enamora de la lluvia como quien se mira en un espejo; la carcajada se desvive por el sol, que comparte su vocación de amaneceres; la pasión es una ola que avanza desordenando arenas .Pero siempre hay algo en las diferencias, que une.
Tienen un mismo modo de acercarse a la gente: anárquico. Un día empiezan a hacerse notar despacito, cada uno despliega una versión tenue de sí mismo, como tentando al destino. Y uno puede confiarse, tomarse un tiempo, acostumbrarse a su presencia. Otro día se desencadenan feroces como tormentas tropicales, intempestivos, arrasadores. Ellos mandan y uno es arrastrado por un río apresurado y vertiginoso. No se puede elegir si es oportuno, adecuado o conveniente: suceden y nos atraviesan por entero, indiferentes al desparramo que generan. Quizás es lo bueno.
A veces dan miedo, duelen, nos rondan y los esquivamos. Pero no hay nada peor que resistirse.
Cuando están ausentes por mucho tiempo, uno los busca y se esconden, escurridizos, no hay forma de encontrarlos. Se aprende a esperar: siempre vuelven.
Porque la risa, el llanto y el amor son las ruedas sobre las que se desliza, inevitable, la vida. Y son también nuestra oportunidad
de extender el alma
y atrapar el tiempo.
No se separan desde entonces: como todas las uniones inexplicables, tienen el signo de la eternidad.
Son diferentes en muchos sentidos: la lágrima se enamora de la lluvia como quien se mira en un espejo; la carcajada se desvive por el sol, que comparte su vocación de amaneceres; la pasión es una ola que avanza desordenando arenas .Pero siempre hay algo en las diferencias, que une.
Tienen un mismo modo de acercarse a la gente: anárquico. Un día empiezan a hacerse notar despacito, cada uno despliega una versión tenue de sí mismo, como tentando al destino. Y uno puede confiarse, tomarse un tiempo, acostumbrarse a su presencia. Otro día se desencadenan feroces como tormentas tropicales, intempestivos, arrasadores. Ellos mandan y uno es arrastrado por un río apresurado y vertiginoso. No se puede elegir si es oportuno, adecuado o conveniente: suceden y nos atraviesan por entero, indiferentes al desparramo que generan. Quizás es lo bueno.
A veces dan miedo, duelen, nos rondan y los esquivamos. Pero no hay nada peor que resistirse.
Cuando están ausentes por mucho tiempo, uno los busca y se esconden, escurridizos, no hay forma de encontrarlos. Se aprende a esperar: siempre vuelven.
Porque la risa, el llanto y el amor son las ruedas sobre las que se desliza, inevitable, la vida. Y son también nuestra oportunidad
de extender el alma
y atrapar el tiempo.

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