aquella luna

Hace más de diez años eché a rodar una luna de papel. Hoy, bajo la luz de otra luna, quise rescatar del olvido a aquella.

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Nombre: virgi

Emerjo del mar. Voy escondiendo mi ser acuático hasta adquirir apariencia de mujer, pero en cada encuentro me invade la ola que fui. Me acerco y me alejo como las mareas y me pregunto qué color tendrá la quietud. Muchos miran el mar y respiran calma, así miro yo la tierra en busca de un minuto de paz.

lunes, enero 03, 2005

Reflejos

Una gota pequeña en la inmensidad de los recuerdos transcurre sus días en un ovalado espejo de Barracas. Ese lago quieto, cercado por un marco de madera lustrada y estilo provenzal, fue el escondite de mi mirada hace ya casi cuarenta años. Sé que en sus profundidades todavía habita una niña demasiado vulnerable, con una irrefrenable tendencia a ensimismarse, pero también con esa infantil habilidad para pasar de la desesperación a la alegría con la velocidad del rayo. Una niña con miedo a la oscuridad, a las tormentas, y a las tormentas de la oscuridad.
Un espejo de menor calidad, con manchas como nubes grises que testimonian su antigüedad, quedó anclado en Tucumán y Ríobamba, en el cuarto de una pensión, muy concurrida por lo que hoy se llama “extranjeros indocumentados”, y que en ese entonces nos granjeaba el honor de las perriódicas visitas policiales. Rodeado de un marco ancho y marrón, debe conservar el paso fugaz de una adolescente soñadora, demasiado urgida por la vida para desperdiciar preciosos minutos contemplándose.
En el tumultuoso barrio del Congreso, otro escuchó durante dos años preguntas que se reiteraban, como en el cuento de Blancanieves. Sin embargo, el tema no era la belleza: buceaban el sentido de las cosas en el interior de un recuadro dorado, elegante y frío. Memorioso como yo lo creo, aquel espejo debe recordar a una mujer joven que lo compartía con una amiga que luego se esfumó en las tinieblas del tiempo. Y si no lo traiciona el exceso de nostalgia, aún debe estar allí algún retazo del último verano y un vestido largo verdeagua que me vio caminar con ilusiones entre la brisa de la Costanera.
En Flores, un espejo alto y delgado, habitante de la puerta de un placard, debe atesorar una figura alegre como pocas, con una panza creciente mes a mes hasta duplicarse, compartiendo sonrisas y juegos con rutilantes rostros recién nacidos. Flaco como era, igual tuvo cabida a lo largo de los años, para una pequeña que le hacía morisquetas y un bebé que manoteaba cuando estaba enojado para apagar la copia que estaba frente a él. Allá quedó, aunque cada tanto lo convoco para que me regale otro poco de tanto momento feliz.
Acá, en Villa Crespo, un espejo enorme de pared, biselado y sin estrenar, me recibió. Lo recuerdo como el lado oscuro de la luna, y seguramente él me recuerde a mí de igual modo, fiel a su destino de no ser nunca él mismo sino el otro. Se cansó de verme llorar y una tarde, con una excusa cualquiera, se hizo añicos. Ya hace 7 años de eso y contra toda superstición, no me abrumaron las desgracias. Como brotan los principios después de los finales, de ese rompecabezas de imágenes desparramadas en el piso después del estallido, nacieron nuevos espejos. Fueron los primeros en verme peinar canas, me han devuelto cada mañana la aurora de un rostro a veces desvencijado por una noche de insomnio, a veces brillante como una rosa nueva que denota haber sido objeto de riegos y cuidados, a veces desconcertado por un sol que apareció demasiado pronto o una luna que se prolongó demasiado. Pero siempre han visto una imagen de pie, que lentamente se fue amigando con Dios y con la muerte al tiempo que curaba las heridas de sus plantas con los sanadores yuyos del corazón.
Dicen, que en la morada final de los espejos se escucha a veces, en el silencio de la noche, cómo entre risas y murmullos van desenvolviendo una a una las imágenes que guardan, y les ponen música y las hacen bailar. Recomiendo entonces, que desempolve usted sus recuerdos, que los ponga a brillar, le sugiero que los extienda como un puente entre dos almas, que les renueve la luz compartiéndolos un atardecer con algún otro viajero. No sea cosa que, adormecida de olvido, ofendida quizás por tanto tiempo de no ser contada, quede ausente en la fiesta, alguna buena y vieja historia, habitante un día de la plateada luna de su espejo.

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