equipaje
El camión abrió su puerta trasera y como las cuentas de un collar roto, se fueron desenhebrando sillas, colchones, heladeras, plantas y canastos desbordantes. Todo lo que antes formaba parte de una trama personal o familiar, ahora se exhibía deshilachado, con un aire triste de exilio. “Como si supieran que no hay regreso”, pensé.
Siempre me dieron pudor las mudanzas ajenas, esa exposición de la intimidad, la historia, los secretos de una morada que fue.
Cuando la idea de la mudanza empezó a rondarme, reaparecieron los rincones más lejanos de la casa, escondidísimos vericuetos de los muebles, estantes olvidados en lo alto de una pared, que me franquearon la entrada a un universo de cosas rotas. Un reloj detenido, un velador sin luz, un adorno partido, una cajita de música con años de silencio y una guitarra sin cuerdas, irrumpieron como restos de diferentes naufragios que esperan sobre la arena quien los despida o los recoja. Arrastrando su página de historia, apareció también una carta que nunca envié, un poema en papel de chocolate fechado 1975 y sin firma (un desafío a mi memoria que, ya se ve, no es tan buena ), un carusita de los tiempos en que fumar no parecía tan malo, una almohada descosida que quizás estalló de albergar tanto insomnio, rezo y pesadillas. Otro inventario se fue desencadenando, otro color de cosas rotas: sueños inconclusos, asuntos postergados, heridas abiertas. Desplegados en el piso del alma los resabios de tanta pérdida y ruptura, tuve que encarar el artesanal trabajo de construir para cada uno su lugar en el presente. De tal modo que algunos objetos reparé y algunas palabras pendientes dije, antes de que fuera tarde. Lloré por última vez un amor que no alcanzó, pero guardé sus cartas y su canción. Algunas cosas tiré y junto con ellas, envié al olvido unos cuantos episodios que no valía la pena almacenar. Descubrí que varios sueños todavía tenían alas y sólo esperaban un poco de aliento para emprender el vuelo. Y más de una herida conservé, porque de ellas aprendí cosas de valor.
Y le cuento esto porque ayer, me topé con el lento desfile de otra mudanza y me pareció ver ( no estoy segura) en la semioscuridad del camión, una bandada de fantasmas jugando y riéndose entre las sogas y las mantas. Entonces intuí que, en ese viaje, sólo se habían embarcado aquellas sombras del pasado capaces de alumbrar la oscuridad, aquellas huellas que pudieron tomar forma de pasos. Y esta vez pensé que en la valija del alma, alguien había sabido guardar, de su historia, lo mejor.
Siempre me dieron pudor las mudanzas ajenas, esa exposición de la intimidad, la historia, los secretos de una morada que fue.
Cuando la idea de la mudanza empezó a rondarme, reaparecieron los rincones más lejanos de la casa, escondidísimos vericuetos de los muebles, estantes olvidados en lo alto de una pared, que me franquearon la entrada a un universo de cosas rotas. Un reloj detenido, un velador sin luz, un adorno partido, una cajita de música con años de silencio y una guitarra sin cuerdas, irrumpieron como restos de diferentes naufragios que esperan sobre la arena quien los despida o los recoja. Arrastrando su página de historia, apareció también una carta que nunca envié, un poema en papel de chocolate fechado 1975 y sin firma (un desafío a mi memoria que, ya se ve, no es tan buena ), un carusita de los tiempos en que fumar no parecía tan malo, una almohada descosida que quizás estalló de albergar tanto insomnio, rezo y pesadillas. Otro inventario se fue desencadenando, otro color de cosas rotas: sueños inconclusos, asuntos postergados, heridas abiertas. Desplegados en el piso del alma los resabios de tanta pérdida y ruptura, tuve que encarar el artesanal trabajo de construir para cada uno su lugar en el presente. De tal modo que algunos objetos reparé y algunas palabras pendientes dije, antes de que fuera tarde. Lloré por última vez un amor que no alcanzó, pero guardé sus cartas y su canción. Algunas cosas tiré y junto con ellas, envié al olvido unos cuantos episodios que no valía la pena almacenar. Descubrí que varios sueños todavía tenían alas y sólo esperaban un poco de aliento para emprender el vuelo. Y más de una herida conservé, porque de ellas aprendí cosas de valor.
Y le cuento esto porque ayer, me topé con el lento desfile de otra mudanza y me pareció ver ( no estoy segura) en la semioscuridad del camión, una bandada de fantasmas jugando y riéndose entre las sogas y las mantas. Entonces intuí que, en ese viaje, sólo se habían embarcado aquellas sombras del pasado capaces de alumbrar la oscuridad, aquellas huellas que pudieron tomar forma de pasos. Y esta vez pensé que en la valija del alma, alguien había sabido guardar, de su historia, lo mejor.

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