uno en el universo
Siempre me llamaron la atención los que van despacio por el mundo. Me parecía que poseían algún secreto, algún extraño saber que les permitía no correr, no apurarse, no necesitar llegar primero.
Porque vivir en Buenos Aires se parece bastante a manejar un auto en el que tenemos control del volante pero no del acelerador: andamos a la velocidad del rayo y ni siquiera nos damos cuenta. Apenas uno abre los ojos (o los oídos, si uno se despierta con la radio) ya salta de la cama como si fuera tarde. Empieza a acumular preocupaciones, porque gracias a la “información” no hay ningún desastre sobre la tierra que nos sea evitado (aunque nuestro ámbito de acción para mejorar el mundo no sea mayor que las distancias que recorremos diariamente). Y uno tiene una agenda que excede las horas del día y de la noche, con lo cual correr es inevitable y también es inevitable no llegar nunca.
Así las cosas, me encontré un día haciendo tiempo: un trámite frustrado me proporcionó una hora libre y casi impensadamente me encontré en el Parque Centenario. Sentada en un banco empecé a sentir, por encima de las voces y los ruidos, el silencio de la tarde. Fui testigo entonces de un encuentro y una despedida: ese momento casi misterioso, en el que el día se aleja paulatino y la noche, imperceptible, avanza.
El sol brillaba todavía entre las hojas de los árboles mientras asistía al despliegue de una luminosidad plateada y azul, como un manto que iba descendiendo suave, y me iba apaciguando, me iba contagiando minuto a minuto, calma y lentitud. Finalmente, hubo un instante en el que algo inasible indicaba que la luz del sol definitivamente había terminado. La noche derramada lo inundaba todo.
Y creo que develé el secreto: entendí que las cosas importantes ocurren sólo irreversibles y lentas. Que lentamente se construyen los grandes amores, y lentamente transcurren las ausencias. Que lentamente la erosión desgasta la roca y lentamente la semilla se transforma en flor. Y que nada verdadero y definitivo pudo ser hecho con prisa.
Si usted encuentra un rincón donde pueda ser testigo y parte del crepúsculo, le prometo que esa hora especial lo desbordará de una paz infinita. Suavemente se le aliviarán las penas del alma y el corazón latirá como recién nacido. Porque si uno se detiene a mirarlo, el mundo siempre puede verse de otra manera. Sobre todo cuando uno toma el tiempo en sus manos y la vida le regala un fragmento de eternidad.
Porque vivir en Buenos Aires se parece bastante a manejar un auto en el que tenemos control del volante pero no del acelerador: andamos a la velocidad del rayo y ni siquiera nos damos cuenta. Apenas uno abre los ojos (o los oídos, si uno se despierta con la radio) ya salta de la cama como si fuera tarde. Empieza a acumular preocupaciones, porque gracias a la “información” no hay ningún desastre sobre la tierra que nos sea evitado (aunque nuestro ámbito de acción para mejorar el mundo no sea mayor que las distancias que recorremos diariamente). Y uno tiene una agenda que excede las horas del día y de la noche, con lo cual correr es inevitable y también es inevitable no llegar nunca.
Así las cosas, me encontré un día haciendo tiempo: un trámite frustrado me proporcionó una hora libre y casi impensadamente me encontré en el Parque Centenario. Sentada en un banco empecé a sentir, por encima de las voces y los ruidos, el silencio de la tarde. Fui testigo entonces de un encuentro y una despedida: ese momento casi misterioso, en el que el día se aleja paulatino y la noche, imperceptible, avanza.
El sol brillaba todavía entre las hojas de los árboles mientras asistía al despliegue de una luminosidad plateada y azul, como un manto que iba descendiendo suave, y me iba apaciguando, me iba contagiando minuto a minuto, calma y lentitud. Finalmente, hubo un instante en el que algo inasible indicaba que la luz del sol definitivamente había terminado. La noche derramada lo inundaba todo.
Y creo que develé el secreto: entendí que las cosas importantes ocurren sólo irreversibles y lentas. Que lentamente se construyen los grandes amores, y lentamente transcurren las ausencias. Que lentamente la erosión desgasta la roca y lentamente la semilla se transforma en flor. Y que nada verdadero y definitivo pudo ser hecho con prisa.
Si usted encuentra un rincón donde pueda ser testigo y parte del crepúsculo, le prometo que esa hora especial lo desbordará de una paz infinita. Suavemente se le aliviarán las penas del alma y el corazón latirá como recién nacido. Porque si uno se detiene a mirarlo, el mundo siempre puede verse de otra manera. Sobre todo cuando uno toma el tiempo en sus manos y la vida le regala un fragmento de eternidad.

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