aquella luna

Hace más de diez años eché a rodar una luna de papel. Hoy, bajo la luz de otra luna, quise rescatar del olvido a aquella.

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Nombre: virgi

Emerjo del mar. Voy escondiendo mi ser acuático hasta adquirir apariencia de mujer, pero en cada encuentro me invade la ola que fui. Me acerco y me alejo como las mareas y me pregunto qué color tendrá la quietud. Muchos miran el mar y respiran calma, así miro yo la tierra en busca de un minuto de paz.

lunes, enero 03, 2005

palabras

Venimos de un mundo en el que no se precisa de letras y nacemos a un mundo de palabras. En cierto modo su existencia nos toma desprevenidos. Entre llantos y balbuceos, aprendemos lentamente su significado y empezamos a utilizarlas para lograr que ciertas cosas ocurran, para enterar a los demás de lo que nos pasa.
A medida que el tiempo transcurre, la palabra crece con nosotros. Cada vez elegimos mejor cuál usar en cada momento, y nuestro repertorio se va abriendo como un capullo. Comienzan a tener más peso unas que otras, mientras les cargamos pedacitos de historia que van cambiando su color y su sabor: hay palabras dulces hasta empalagarse, hay palabras ásperas que lastiman, hay palabras ausentes que dejan marcas.
Cuando la infancia se va transformando en recuerdo, descubrimos palabras más grandes, que antes no tenían significado para nosotros. El amor tiene los ojos color caramelo; la amistad, el olor del café, y los sueños se despliegan inmensos como banderas. Los capullos son fotos viejas, las palabras florecen.
Un par de desilusiones después, aprendemos que no siempre son lo que aparentan, que pueden actuar como la guarida de la nada, la fachada que esconde una palabra distinta que no se dice. La realidad nos invade casi hasta ahogarnos, pero el río sigue su curso. La flor ha perdido algunos pétalos, pero con el nacimiento de nuestros hijos el sentido de la palabra se corporiza: cada porrazo, cada dolor se alivia ante la presencia soberana de la explicación de lo que pasa, cada letra se derrama como un bálsamo que disipa el desconcierto. Y recuperamos la fe en la palabra, que habíamos perdido.
Lleva un tiempo más todavía comprender que entre la palabra que dice y la palabra que esconde, entre la palabra plena y la palabra hueca, entre la palabra consuelo y la palabra dura, se erigen calladamente los grandes momentos en que ninguna alcanza. Porque no hay palabra que pueda describir el puente que construye la mirada, ninguna palabra está a la altura de la lágrima que se desliza en una despedida, no puede de ningún modo explicarse el beso o definirse el calor del abrazo. Esos instantes que anidarán eternos en algún lugar de nuestra memoria, están inundados del aroma de todo lo que no hace falta decir. Quizás el mejor homenaje a las palabras sea echar a volar cada día, un poco, de esos silencios.

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