aquella luna

Hace más de diez años eché a rodar una luna de papel. Hoy, bajo la luz de otra luna, quise rescatar del olvido a aquella.

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Nombre: virgi

Emerjo del mar. Voy escondiendo mi ser acuático hasta adquirir apariencia de mujer, pero en cada encuentro me invade la ola que fui. Me acerco y me alejo como las mareas y me pregunto qué color tendrá la quietud. Muchos miran el mar y respiran calma, así miro yo la tierra en busca de un minuto de paz.

lunes, enero 03, 2005

quemadura que madura brasa que abraza

El auto estuvo ahí, casi en la esquina, durante semanas. Quizás usted lo recuerde: se deterioraba sin prisa entre el indiferente paso de peatones, autos, lluvias y smog. Poco a poco se fue convirtiendo en una parte más del pavimento, en otro elemento del paisaje invernal . Hasta que los hechos que se sucedieron, me forzaron a buscar ese invisible hilo que une todas las cosas que (nos) pasan.
Una mañana, muy temprano, descubrí a un hombre durmiendo acurrucado en el asiento de atrás del coche. Día tras día me fui acostumbrando a verlo, entregado a sus sueños o a sus pesadillas, tapado con un saco viejo y rotoso. Pelo largo, canoso, barba desprolija. Un hombre abandonado en un auto abandonado. Una tarde lo vi salir del supermercado: llevaba puesto el saco y cargaba una bolsita de la que sobresalía un pan largo. Cuando pasó a mi lado, pude ver que había también un cartón de leche y ¡un frasco de desodorante de ambientes! La imagen me desconcertó: un hombre inventándose un hogar en medio del desierto. Sin embargo, ya casi lo había olvidado cuando ocurrió el segundo suceso. Fue después de una noche helada y tormentosa, que al pasar junto al cada vez más desvencijado vehículo observé que el asiento trasero ahora albergaba a dos hombres. El nuevo tenía un físico más pequeño que el otro, parecía más joven y por alguna razón se me hizo que no llevaba mucho tiempo sin rumbo. El viejo había extendido su abrigo y con las mangas estiradas como si fuera un abrazo, el mismo saco intentaba cubrirlos a los dos.
Sobre el hecho final no puedo decir casi nada, porque no lo presencié: un par de días después, el auto amaneció quemado. Incendiado. Era imposible no hacer foco en ese esqueleto negro y era inevitable sentir desolación, esa especie de dolor del que siempre nacen preguntas.
Nunca pude enterarme si el destino de aquel hombre permaneció unido al del auto. Quizás alguien lo sepa. De todos modos, a mí se me ocurre que él sigue andando, que en algún lugar, más allá de sus adversidades, sigue tomando ese mágico remedio para las penas que es tender/se una mano. Por los agujeros de la soledad y la intemperie se desliza a veces, el profundo sentido de las cosas. Quizas nuestro cada vez más desmantelado mundo pueda convertirse en un hogar para todos si, aún inmersos en cualquier forma de pobreza, todavía somos capaces de ese gesto simple e infinito de abrigarnos, de cobijarnos, los unos a los otros.

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